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Érase una vez, en un desierto azul donde la nieve caía en cascadas como lágrimas cristalinas, vivía una vagabunda solitaria llamada Luna. Vagó por la vasta extensión de dunas heladas, con el corazón pesado por el peso de un amor perdido en el frío del tiempo. El desierto, pintado en tonos de melancolía, era a la vez hermoso y desolado. Los cactus permanecían como centinelas congelados, con sus espinas brillando con la escarcha de emociones olvidadas. El viento susurró historias de tristeza mientras barría el paisaje azul, llevando consigo los ecos de la soledad de Luna. Mientras Luna caminaba por el desierto cubierto de nieve, dejó tras de sí un rastro de huellas, cada paso una danza silenciosa de recuerdos. Las puestas de sol, aunque impresionantes por su despliegue de colores vivos, sólo sirvieron para profundizar la sensación de anhelo que persistía en el aire. Pero un día, mientras Luna caminaba penosamente por el mar azul, se topó con una visión inesperada: un inodoro, audaz y descaradamente azul, que contrastaba con el entorno invernal. Fue una anomalía caprichosa, un rayo de humor en medio de su solemne viaje. Despertada la curiosidad, Luna no pudo evitar reírse ante lo absurdo de encontrar un baño azul en medio del desierto. Parecía desafiar la esencia misma de la desolación que la rodeaba. Mientras inspeccionaba el peculiar mueble de porcelana, una sonrisa apareció en sus labios, rompiendo la monotonía de su tristeza. En ese momento, Luna se dio cuenta de que incluso en el más frío de los desiertos, la vida podía sorprenderte con inesperados momentos de ligereza. El retrete azul se convirtió en un símbolo de resiliencia, un recordatorio de que la alegría se puede encontrar en los lugares más insospechados. A partir de ese día, Luna continuó su viaje por el desierto azul, pero con una nueva ligereza en su paso. El recuerdo del baño azul permaneció como testimonio del poder de la risa ante la desesperación. Y así, el caminante abrazó la belleza del melancólico paisaje, encontrando consuelo en la delicada danza de los copos de nieve y los secretos susurrados del viento. Y cuando el sol se hundió en el horizonte, arrojando al desierto un último estallido de tonos cerúleos, Luna no pudo evitar sonreír, agradecida por la alegría inesperada que había florecido en el corazón de la extensión helada. Porque en el tapiz de la vida, incluso los hilos del dolor podrían tejerse en un patrón de resiliencia y risa.

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