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Pasaron muchos años, y los hombres siguieron viviendo en la tierra, divididos y enfrentados por la paradoja del maíz. Unos lo adoraban, otros lo despreciaban, y otros lo ignoraban. El maíz se fue perdiendo, y con él, la conexión con Quetzalcóatl y con Ometéotl. Pero hubo un hombre que no se conformó con ninguna de esas actitudes. Se llamaba Tlaloc, y era un joven sabio y valiente, que quería conocer la verdad sobre el maíz y sobre los dioses. Tlaloc se dedicó a estudiar los antiguos libros, los templos, los sueños, y todo lo que pudiera darle una pista sobre la paradoja de Quetzalcóatl. Un día, Tlaloc tuvo una revelación. Se dio cuenta de que la paradoja no era un problema, sino una oportunidad. Se dio cuenta de que el maíz y los hombres eran uno solo, y que el maíz y los dioses eran uno solo. Se dio cuenta de que el maíz era el puente entre los hombres y los dioses, y que el maíz era el camino hacia la sabiduría y la armonía. Tlaloc decidió compartir su descubrimiento con los demás hombres, y les invitó a seguirlo en su búsqueda del maíz y de los dioses. Pero no todos lo escucharon. Algunos se burlaron de él, otros lo atacaron, y otros lo ignoraron. Solo unos pocos lo siguieron, y formaron un pequeño grupo de buscadores. Tlaloc y sus seguidores se pusieron en marcha, y recorrieron el mundo en busca del maíz. Buscaron en los campos, en las montañas, en los bosques, en los ríos, en los mares, en las cuevas, en las estrellas. Buscaron en todas partes, pero no encontraron el maíz. Tlaloc no se desanimó, y siguió buscando. Pensó que quizás el maíz estaba escondido en algún lugar secreto, o que quizás había vuelto al planeta donde lo había encontrado Quetzalcóatl. Pensó que quizás debía viajar por el espacio y el tiempo, como había hecho Quetzalcóatl, y visitar otros mundos y otras dimensiones. Pero no sabía cómo hacerlo. No tenía los poderes de Quetzalcóatl, ni sabía cómo usarlos. Entonces, se le ocurrió una idea. Pensó que quizás podía invocar a Quetzalcóatl, y pedirle que le ayudara. Pensó que quizás Quetzalcóatl estaría dispuesto a escucharlo, y a guiarlo. Así que Tlaloc se preparó para realizar un ritual sagrado, que consistía en ofrecer una ofrenda de maíz a Quetzalcóatl. Pero había un problema: no tenía maíz. Había buscado por todo el mundo, y no había encontrado ni una sola espiga. ¿Cómo podía ofrecer maíz a Quetzalcóatl, si no tenía maíz? Entonces, Tlaloc recordó algo que había leído en uno de los antiguos libros. Recordó que los hombres habían sido hechos de maíz y agua, por Quetzalcóatl. Recordó que los hombres eran maíz, y que el maíz era los hombres. Y se le ocurrió una idea. Tlaloc tomó un cuchillo, y se cortó la mano. Dejó que la sangre brotara, y la recogió en un recipiente. Luego, tomó un poco de tierra, y la mezcló con la sangre. Así, formó una masa roja y húmeda, con la que moldeó la figura de una espiga de maíz. Tlaloc sopló sobre la figura, y le dio vida. Así, creó una espiga de maíz, con sangre y tierra. Tlaloc se alegró, y colocó la espiga de maíz en un altar. Luego, pronunció unas palabras de invocación, y llamó a Quetzalcóatl. Le pidió que se manifestara, y que le mostrara el camino hacia el maíz y hacia los dioses. Y Quetzalcóatl escuchó su llamado, y se apareció ante él. Quetzalcóatl se sorprendió al ver a Tlaloc, y al ver la espiga de maíz que le había ofrecido. Quetzalcóatl reconoció la espiga de maíz, y se dio cuenta de que era la misma que él había traído de otro mundo, y con la que había hecho a los hombres. Quetzalcóatl se emocionó, y se acercó a Tlaloc. Quetzalcóatl le dijo a Tlaloc que estaba orgulloso de él, y que había resuelto la paradoja. Le dijo que el maíz y los hombres eran uno solo, y que el maíz y los dioses eran uno solo. Le dijo que el maíz era el puente entre los hombres y los dioses, y que el maíz era el camino hacia la sabiduría y la armonía. Quetzalcóatl le dijo a Tlaloc que lo acompañara, y que lo llevaría a conocer el maíz y a los dioses. Le dijo que lo llevaría a viajar por el espacio y el tiempo, y a visitar otros mundos y otras dimensiones. Le dijo que lo haría su discípulo, y que le enseñaría todo lo que sabía. Tlaloc se sintió feliz, y aceptó la invitación de Quetzalcóatl. Se despidió de sus seguidores, y les dijo que los esperaba en el maíz. Luego, se fue con Quetzalcóatl, y empezó su gran aventura.

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 La leyenda de la paradoja de Quetzalcóatl parte II de cómo Tlaloc encontró el maíz y a los dioses
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Soneto II - Quetzalcóatl crea al hombre con el maíz y el agua. Sonetos.
 
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