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Hace mucho tiempo, antes de que hubiera tiempo, existía Ometéotl, el dios de la dualidad. Él era el principio y el fin, el alfa y el omega, el todo y la nada. Él era hombre y mujer, luz y oscuridad, vida y muerte. Él era el creador de todo lo que existe y lo que fue. Ometéotl se sentía solo en el vacío, así que decidió crear el universo con su poder. Primero creó el cielo, donde hizo su morada, y lo llamó Omeyocan, el lugar de la dualidad. Luego creó la tierra, donde sembró las semillas de la vida, y la llamó Tlalticpac, el lugar de lo que tiene raíces. Después creó el agua, el aire, el fuego y la piedra, y los llamó Tlaloc, Quetzalcóatl, Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, respectivamente. Estos eran sus hijos, los cuatro soles, que gobernaban cada uno de los cuatro rumbos del mundo. Ometéotl les dio el aliento a sus hijos, y les enseñó el arte de la creación. Les dijo que hicieran todo lo que quisieran, pero que respetaran el equilibrio entre los opuestos. Les advirtió que si rompían la armonía, el universo se desmoronaría y tendrían que empezar de nuevo. Los cuatro soles obedecieron a su padre, y crearon muchas cosas maravillosas. Crearon las estrellas, las plantas, los animales y los humanos. Cada uno de ellos hizo a los humanos a su imagen y semejanza, y les dio un don especial. Tlaloc les dio la fertilidad, Quetzalcóatl les dio la sabiduría, Huitzilopochtli les dio el valor y Tezcatlipoca les dio el destino. Los humanos vivían felices bajo el cuidado de los cuatro soles, y les rendían culto y ofrendas. Pero también había conflictos y guerras entre ellos, pues cada uno seguía a su sol favorito. Los humanos se dividieron en cuatro tribus, y cada una de ellas buscaba la supremacía sobre las demás. Ometéotl observaba todo desde el cielo, y se entristecía al ver la discordia entre sus hijos y sus nietos. Él quería que todos vivieran en paz y armonía, pero no quería intervenir en sus asuntos. Él respetaba el libre albedrío de sus criaturas, y esperaba que ellas mismas encontraran el camino de la unidad. Un día, uno de los humanos tuvo una visión. Era un sacerdote de Quetzalcóatl, y se llamaba Cuauhtémoc. En su sueño, vio a Ometéotl, que le habló con voz suave y dulce. Le dijo que había un lugar en la tierra donde todos los humanos podrían vivir juntos, sin importar su sol de origen. Le dijo que ese lugar era una isla en medio de un lago, donde había un nopal con un águila posada sobre él, devorando una serpiente. Le dijo que ese lugar se llamaría Tenochtitlan, la ciudad de los dioses, y que allí se fundaría un gran imperio que uniría a todas las tribus bajo una sola bandera. Cuauhtémoc despertó emocionado, y le contó su visión a su pueblo. Muchos le creyeron, y decidieron seguirlo en busca de la tierra prometida. Otros se burlaron de él, y lo llamaron loco. Cuauhtémoc no se desanimó, y partió con sus fieles hacia el lago. Después de muchos días de viaje, llegaron al lago, y vieron la isla con el nopal, el águila y la serpiente. Era tal como Ometéotl se lo había mostrado. Cuauhtémoc se llenó de alegría, y dio gracias al dios de la dualidad. Luego ordenó a sus hombres que construyeran una ciudad en la isla, y que la llamaran Tenochtitlan. Así nació el imperio mexica, que pronto se extendió por todo el valle y más allá. Los mexicas eran guerreros valientes y hábiles, que sometían a los pueblos vecinos y les exigían tributo. Pero también eran sabios y cultos, que construían templos, palacios, escuelas y jardines. Tenochtitlan se convirtió en la ciudad más grande y bella del mundo, y en el centro de la civilización. Ometéotl estaba orgulloso de sus nietos mexicas, y los bendijo con abundancia y prosperidad. Pero también estaba preocupado por su ambición y su crueldad. Él veía que los mexicas sacrificaban a miles de humanos en honor a los cuatro soles, y que despreciaban a los demás pueblos. Él temía que los mexicas rompieran el equilibrio entre los opuestos, y que provocaran la ira de sus hijos. Un día, otro de los humanos tuvo una visión. Era un sacerdote de Huitzilopochtli, y se llamaba Moctezuma. En su sueño, vio a Ometéotl, que le habló con voz severa y dura. Le dijo que había un peligro que amenazaba al imperio mexica, y que venía del otro lado del mar. Le dijo que eran hombres barbados y blancos, que traían armas de fuego y caballos, y que venían a conquistar y a destruir. Le dijo que esos hombres eran los enviados de Quetzalcóatl, que había regresado para reclamar su trono. Le dijo que debía prepararse para la guerra, y que no debía confiar en ellos. Moctezuma despertó aterrado, y le contó su visión a su pueblo. Muchos le creyeron, y decidieron armarse y defenderse de los invasores. Otros dudaron de él, y pensaron que era una señal de debilidad. Moctezuma no se decidía, y vacilaba entre la guerra y la paz. Poco después, llegaron los hombres blancos, que se llamaban españoles. Eran soldados y aventureros, que venían en busca de oro y gloria. Traían consigo a un hombre llamado Hernán Cortés, que se hacía pasar por el embajador de Quetzalcóatl. Cortés se acercó a Moctezuma, y le ofreció su amistad y su alianza. Moctezuma no supo qué hacer, y lo recibió con honores y regalos. Pero pronto se dio cuenta de que Cortés era un traidor y un enemigo, que quería apoderarse de su imperio y de su religión. Se desató una guerra sangrienta entre los mexicas y los españoles, que duró varios años. Los mexicas lucharon con valor y coraje, pero no pudieron resistir el poder de las armas de fuego, los caballos, las enfermedades y las traiciones. Los españoles contaron con el apoyo de muchos pueblos sometidos por los mexicas, que vieron en ellos una oportunidad de liberarse. Los españoles asediaron y tomaron Tenochtitlan, y la destruyeron por completo. Moctezuma murió prisionero y humillado, y con él murió el imperio mexica. Ometéotl lloró por sus nietos mexicas, y los maldijo por su soberbia y su violencia. Pero también lloró por sus nietos españoles, y los maldijo por su codicia y su crueldad. Él vio que los españoles impusieron su cultura y su religión a los pueblos de América, y que borraron gran parte de su historia y su identidad. Él vio que los españoles se mezclaron con los indígenas, y que crearon una nueva raza y una nueva nación. Él vio que los españoles se olvidaron de él, y que lo llamaron Dios. Ometéotl se retiró a su cielo, y se quedó en silencio. Él esperaba que algún día, sus hijos y sus nietos se reconciliaran, y que recordaran su origen y su destino. Él esperaba que algún día, sus hijos y sus nietos restauraran el equilibrio entre los opuestos, y que vivieran en paz.

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 La leyenda de Ometéotl
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Soneto III - 5 sonetos a la Serpiente Emplumada la espina dorsal del universo, en el Templo de Quetzalcóatl, el centro del mundo.
 
La leyenda de Quetzalcóatl
 
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El Templo de Quetzalcóatl es el centro del mundo y la serpiente emplumada la espina dorsal del universo
 
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